Y ella se dio la vuelta,
supo doler,
supo quebrar,
supo golpear como ola temible,
quedó a orillas, asolada y nefelibata.
Desde entonces su piel
se cuartea en algunas épocas del año,
y comienza a caer como río abajo, como gota eterna, ajena y distinta.
Todo se volvió acromático.
Ya no podía disfrutar la lluvia como antes,
no había sonrisas de madrugada,
no había placer por el desvelo,
no más viajes súbitos
no más miedo a querer.
Pero todavía quedaba extrañar.
Su intensidad y su boca tenían mi nombre,
sus constructos bailaban jazz con aquella imagen mental
sus recuerdos distorsionaban la última mirada.
Todo contacto profundo volvía a su presente
como película proyectada
efímera y quimérica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario