dejar correr las horas, disfrutar en su abrazo, perder la vida en su espacio y en su tiempo, no en mí misma.
Respirar su olor, olor puro, intenso, lleno, el appley para mis sentidos... todo flotaba y el fondo era su imagen, era su mirada soñolienta, sin pecado ni vergüenza... esa especie de algarabía... de sentir isócrono me hizo crear uno de los amaneceres más perfectos.
Había dejado atrás la oportunidad de hablar de mí y alguien más como uno.
No pasó esa noche, no volverá a pasar. Porque ella era una, y yo otra, pero qué hermoso matiz y qué fusión de sensaciones, luces tintinantes incoloras, vientos con sabor a sal disuadiendo las lágrimas del sol.
Vivir momentos fugaces y furtivos no tienen punto de comparación.
Cuando eliges ser dueña de ti y responsable de tu propia vida, hay un abismo entre los demás y tú, es como si la sombra de nadie te admirara sin saber que existes.
Es y fue impajaritable, vorazmente numinoso,
contrario y ordenado.
Es un espacio de lluvia y de rocío penetrante para tu alma, para tu mente, para tu cuerpo.
Es como follar con la naturaleza y dar vida en toda terminación de raíz o en cada cruce de mar y océanos, en cada espacio de tierra y arena, en el pasto, en la planta, y en el cielo raso.
Mi libertad se inyectaba a mí, iba talando ramas putrefactas y sangrantes que asfixiaban mi cordura y mi soledad.
Volcar mi mirada en ella y en mí
ahogarme en su piel y morir con el latido 256 de su vida.
Nacer en ella misma, sin alma, creándola luego por la propia voluntad de mi sombra sin nombre.
